
Después de tantos días oscuros en los que la noche se paseaba desvergonzada por los mediodías y en los que ya empezaba dudar de si sería capaz de soportar el peso de su plomizo color sobre mis hombros hoy, por fin, ha salido el sol.
Como si lo presintiera desde esa falsa noche que encierro cada mañana entre las cuatro paredes de mi habitación, me he despertado pronto, las dos de la tarde es una buena hora para ser madrugada, y he salido a bañarme de luz en ese rincón privado en el que consigo exiliarme del mundo.
Akira, de la que empiezo a sospechar que se ha convertido en una prolongación de mi misma, porque allá donde voy va conmigo, como si entendiera o, tal vez, porque los perros también necesitan de esos momentos de aislamiento, se me ha subido encima como queriendo estar más cerca del sol y, al final, tras varios intentos de acomodo ha encontrado su punto de equilibrio, curiosamente convirtiéndome a mi, que desde hace ya tiempo camino sobre arenas movedizas dispuestas a tragarme en cualquier momento, en su tierra firme.
El ruido de la vida se ha ido apagando a medida que la luz y el calor acariciaban mi cara convertida en el espejo a través del cual poder llegar al alma. Ausentándome de todo, hasta de este cuerpo en el que a veces no me reconozco si no me miro a los ojos, en esa laxitud, en ese ser sin estar, he conseguido, por unos instantes casi eternos, rozar una paz que hacía tiempo que no sentía.
Absorta en la nada, me he desaparecido de un mundo al que no pertenezco para buscar el que me pertenece recorriendo los intrincado senderos del silencio, de un silencio del que no paran de brotar palabras una tras otra para acabar convertidas en frases o en párrafos completos, que se agolpan y atropellan queriendo nacer en mis páginas en blanco y sin importarles el dolor del parto.
Si me gustara el whisky me tomaría ahora mismo uno que me adormeciera por dentro y por fuera. Por una vez voy a hacerme caso. Beber en ayunas, aunque sean las siete de la tarde no es buena idea. A veces pienso en que si me escuchara un poco más posiblemente tendría alguna posibilidad, pero hay tanto ruido fuera que no consigo oírme y, al final, siempre acabo por colgarme de algún sueño ajeno y guardando los míos en el baúl de los posibles imposibles, como esa novela que empecé para acabar abandonando y que ultimamente me pide a gritos que la deje ser.











